‘Children of Men’ a 20 años: la distopía que se volvió documento de actualidad
Veinte años después, Children of Men ya no se parece a una película de ciencia ficción. Se parece a los titulares de la mañana.
Alfonso Cuarón adaptó la novela de P.D. James con una convicción casi documental: en 2027, la humanidad lleva 18 años sin poder reproducirse. La última generación roza los 20 años. El caos social es total. Gran Bretaña se ha convertido en una fortaleza asediada por refugiados que llegan en pateras, mientras el gobierno los concentra en campos y el discurso oficial los deshumaniza. ¿Suena familiar?
La película sigue a Theo (Clive Owen, en su mejor papel), un burócrata apático que accede a ayudar a su ex esposa Julian (Julianne Moore) a conseguir papeles de tránsito para una refugiada. El secreto: esa mujer, Kee (Clare-Hope Ashitey), está embarazada. La última esperanza de la humanidad vive en una jaula de asfixia y violencia, mientras todos quieren usarla: rebeldes, policías, traficantes.
Lo que convierte a Children of Men en un clásico instantáneo es su puesta en escena. Cuarón filma como si estuviéramos ahí. Los planos secuencia (el ataque en el coche, la batalla en el campo de refugiados de Bexhill) no son virtuosismo gratuito: son inmersión pura. La cámara nunca corta porque el horror no corta. El sonido distorsiona. La sangre salpica el lente. Y en medio de todo eso, un bebé llora y por un momento, solo un momento, la guerra se detiene.
Hoy, cuando la crisis migratoria es moneda corriente y la infertilidad es noticia de portada, Children of Men duele más que nunca. No es una advertencia. Es un espejo. Y sigue siendo, sin discusión, la mejor película distópica del siglo XXI.