‘Blue Velvet’ a 40 años: la oreja podrida en el pasto perfecto
Antes de Twin Peaks, antes de Mulholland Drive, David Lynch ya había clavado su bandera en el territorio del misterio. Blue Velvet es su obra fundacional, la que estableció el estilo que lo haría inconfundible: la belleza perfecta de la superficie, la podredumbre hirviendo debajo. A 40 años de su estreno, sigue siendo la puerta de entrada más directa al universo Lynchiano.
La premisa es engañosamente sencilla: Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan, en su primer rol para Lynch) vuelve a su pueblo natal, Lumberton, un paraíso suburbano de vallas blancas y jardines impecables. Mientras camina por un descampado, encuentra una oreja humana cortada. Decide investigar por su cuenta, y eso lo lleva al sórdido mundo de Dorothy Vallens (Isabella Rossellini), una cantante de club nocturno atrapada en una relación de sadomasoquismo con Frank Booth (Dennis Hopper), un psicópata que respira nitrato de amilo y grita “Heineken? ¡Esa mierda es para maricas!”.
El gran spoiler, el que revela la verdadera geometría del horror, no es quién mató a quién. Es que Frank Booth y Jeffrey Beaumont son dos caras de la misma moneda. Jeffrey siente atracción por la violencia sexual de Frank, pero la reprime. Frank la actúa sin filtro. La película nos obliga a preguntarnos: ¿qué diferencia al héroe del villano, si ambos desean lo mismo? La respuesta de Lynch es brutal: ninguna. Solo el autocontrol. Y el autocontrol es frágil.
Dennis Hopper construyó a Frank Booth como el villano más aterrador del cine de los 80. Su actuación es un tornado de furia y sexualidad reprimida. Isabella Rossellini, por su parte, se desnudó física y emocionalmente para interpretar a una víctima que no es pura inocencia, sino alguien que ha aprendido a sobrevivir en el infierno.
Cuarenta años después, Blue Velvet sigue siendo un golpe en el estómago. Nos recuerda que debajo de cada césped bien cortado hay orejas podridas. Y que cantar “Blue Velvet” en un escenario mientras te humillan puede ser, quizá, el único camino hacia la libertad. Una obra maestra incómoda, necesaria e inmortal.