Aniversario

 ‘Labyrinth’ a 40 años: el reino de los goblins que David Bowie habitó con elegancia

ignac.arriagada 23 May, 2026 2 MIN DE LECTURA

Jim Henson, el mago de los Muppets, siempre quiso hacer una película más adulta. Labyrinth fue su gran apuesta: un musical de fantasía oscura que combinaba su maestría en los títeres con la presencia magnética de David Bowie. A 40 años de su estreno, el filme sigue siendo un objeto extraño: demasiado compleja para niños, demasiado infantil para adultos, pero perfecta para los que nunca dejaron de creer en la magia imperfecta.

La historia es simple: Sarah (Jennifer Connelly, con apenas 16 años) es una adolescente egoísta que desea que los goblins se lleven a su hermano pequeño Toby para no tener que cuidarlo. Su deseo se cumple. El rey de los goblins, Jareth (David Bowie), se lleva al bebé y le da a Sarah 13 horas para recorrer un laberinto infinito y rescatarlo. En el camino, encuentra aliados: Hoggle, un enano gruñón; Ludo, un monstruo tierno; y Sir Didymus, un zorro caballero sobre su fiel perro.

El spoiler que nadie espera, el que le da una capa de profundidad que los niños no captan, es que el laberinto no es real. Es una construcción mental de Sarah. Cada acertijo, cada monstruo, cada callejón sin salida, es una manifestación de su propia inmadurez. Jareth no es solo un villano: es la personificación de su miedo a crecer, de la tentación de quedarse en un mundo de fantasía donde ella es la heroína. David Bowie, con su melena rubia y sus pantalones de terciopelo, interpreta a un villano que coquetea con la pedofilia sin llegar a nombrarla, y esa ambigüedad es lo que la hace perturbadora y fascinante.

El final, con Sarah recitando “You have no power over me”, es una declaración de independencia. Labyrinth fracasó en taquilla pero sobrevivió en VHS para convertirse en un clásico de culto. Hoy, 40 años después, sigue siendo una clase magistral de diseño de criaturas, una carta de amor al poder de la imaginación y un recordatorio de que crecer no significa matar la fantasía, sino aprender a gobernarla.