‘Crash’ a 30 años: el sexo, el metal y la herida que no cierra
David Cronenberg ha construido su carrera sobre la incomodidad. Pero ninguna de sus películas ha generado tanto rechazo, fascinación y malentendidos como Crash. A 30 años de su estreno, la adaptación de la novela de J.G. Ballard sigue siendo un objeto pulsante y difícil de clasificar: no es una película de sexo, aunque tiene sexo explícito. No es una película de terror, aunque produce escalofríos. Es una meditación enfermiza sobre cómo la tecnología, el deseo y la muerte se funden en un mismo orgasmo de chapa retorcida.
La historia sigue a James Ballard (James Spader), un productor de publicidad que tras sufrir un grave accidente automovilístico descubre una nueva forma de excitación. Se une a una comunidad secreta liderada por la enigmática Vaughan (Elias Kotheas), cuyos miembros recrean accidentes de famosos, especialmente el de James Dean. Allí conoce a Helen Remington (Holly Hunter), otra superviviente con cicatrices similares, y a Catherine Ballard (Deborah Kara Unger), su esposa, que también se deja arrastrar por este mundo de carne y metal fundidos.
El gran spoiler, el que la convirtió en un escándalo en su momento, es que el clímax emocional no ocurre entre dos cuerpos desnudos, sino entre un cuerpo y un parachoques. Vaughan muere en una persecución, estrellándose contra un autobús. James y Helen, en lugar de llorarlo, tienen sexo junto a su coche destrozado. La película no juzga. No hay moraleja. Solo hay cuerpos que buscan su prolongación en la máquina.
Hoy, Crash ha sido reivindicada por la crítica como una obra profética sobre la relación del ser humano con la tecnología y el riesgo. Pero sigue siendo una película que no se deja domesticar. Como el propio Ballard escribió: “El coche no es un fetiche, es la prótesis definitiva”. Treinta años después, seguimos sin saber si Cronenberg nos advirtió o nos celebró.