‘Trainspotting’ a 30 años: elegir la vida o elegir no elegir
“Elige la vida. Elige un trabajo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor del puto tamaño de Texas”. El monólogo de Mark Renton (Ewan McGregor) abrió Trainspotting como un manifiesto generacional. Y tres décadas después, esa elección sigue siendo una trampa. Danny Boyle capturó la Escocia de los 90, la que Margaret Thatcher dejó morir, y la convirtió en un torbellino de agujas, jeringas y una obsesión: el próximo chute.
La cinta sigue a un grupo de heroinómanos de Edimburgo: Renton, el narrador que quiere salir; Sick Boy (Jonny Lee Miller), el obsesivo fanático de James Bond; Begbie (Robert Carlyle), el violento psicópata que ni siquiera consume pero es el más peligroso de todos; y Spud (Ewen Bremner), el torpe de buen corazón que nunca la pega. Su vida es una espiral de robos, sobredosis y traiciones, con la única luz de esperanza representada por Diane (Kelly Macdonald), la adolescente que le devuelve a Renton un espejo de su propio vacío.
El spoiler que aún duele, el que la convierte en algo más que una película de drogas, es el abandono. Después de que traicionan a todos sus amigos para quedarse con el botín de un negocio sucio, Renton escapa con el dinero. El último plano lo muestra caminando por el Puente de Forth, sonriendo mientras el resto del grupo lo busca. No hay redención. No hay heroísmo. Solo la cruda elección de sobrevivir solo. “Elegí no elegir la vida”, dice Renton, y esa paradoja es el corazón inmortal del filme.
Trainspotting no glorifica la heroína: la escena de la sobredosis con el techo hundiéndose sobre un Renton colapsado es de las más aterradoras del cine. Pero tampoco la condena. Simplemente la muestra. A 30 años, sigue siendo el retrato más honesto, sucio y vitalista de una generación que prefirió el olvido a una vida que no le interesaba.