Con Spoilers

‘Obsesión’: cuando el deseo te devora (y no precisamente de amor)

ignac.arriagada 20 May, 2026 4 MIN DE LECTURA

ALERTA DE SPOILERS: Esta crítica asume que ya viste ‘Obsesión’. Si no lo hiciste, corre a verla y volvé. Acá vamos a desmenuzar todo, incluyendo el final.

Hay una escena en Obsesión que no me sale de la cabeza. No es la del martillo (ya vamos a llegar a esa). Es una mucho más sencilla: Nikki (Inde Navarrette) está sentada en la oscuridad del departamento de Bear (Michael Johnston), mirándolo dormir. No duerme. No parpadea. Solo lo observa. Y nosotros, desde la butaca, entendemos que algo en ella se rompió para siempre. El deseo de Bear se cumplió, sí. Pero el precio fue el alma de ella. O peor: su autonomía.

Curry Barker, el ex youtuber que con 800 dólares hizo Milk & Serial , demuestra en su segundo largometraje que sabe algo que muchos directores de terror olvidan: el horror más efectivo no es el que viene de afuera, sino el que nace de una fantasía romántica adolescente. Porque Obsesión no es solo una película de posesiones. Es una radiografía cruel de la idealización amorosa. Bear quiere que Nikki lo ame “más que nadie en el mundo”. Y el amuleto (con sus reglas macabras al estilo La pata de mono) se lo concede. Pero el problema, claro, es que Nikki deja de ser Nikki.

La primera media hora es una comedia romántica incómoda: ella se vuelve devota, sexualmente insaciable, permanentemente pegada a él. Bear, que pasó años deseándola, empieza a sentirse ahogado. Y ahí está la primera gran patada de la película: Bear no quería a Nikki. Quería una versión de Nikki que no existía. Cuando la tiene, no la soporta. ¿El giro cruel? El amuleto interpreta “amor” como “posesión absoluta”. Así que Nikki no solo lo ama. Lo vigila. Lo controla. Lo aísla. Y cuando Bear intenta romper el hechizo… ella se deforma.

Navarrette está monumental en la transformación. Pasa de la chica dulce y esquiva a una especie de ente demoníaco que habla con voces distorsionadas y se mueve como un insecto. La escena de la llamada al servicio de atención al cliente (sí, leíste bien) es un momento de genio absurdo: Nikki llama a la tienda donde Bear compró el amuleto y termina dialogando con lo que parece el infierno mismo en la línea. La película no explica las reglas del todo, y eso es sabio. El horror funciona mejor cuando no sabemos los límites.

Luego está la violencia. Barker no se achica. La cabeza de Cooper Tomlinson contra el piso de la cocina es tan brutal como innecesaria… y sin embargo, necesaria. Porque Obsesión habla de lo que pasa cuando el amor se convierte en devoración. Cuando la otra persona deja de ser un sujeto para volverse un objeto de tu deseo. Y el objeto, cuando se cansa, muerde.

El final es agridulce y retorcido. Bear logra “matar” a Nikki (después de una pelea digna de El proyecto de la bruja de Blair en clave gore), pero el amuleto no desaparece. Lo vemos caer al piso, roto pero aún brillante. Y en la última toma, la cámara se detiene en un niño que lo encuentra. ¿Va a pedir su propio deseo? La película nos deja con la incomodidad de saber que el ciclo continuará. Porque, seamos sinceros, ¿quién no ha querido alguna vez forzar el amor de alguien?

Obsesión no es perfecta. Se alarga en su tramo final (108 minutos que podrían ser 90) y algunos personajes secundarios quedan apenas bosquejados. Pero cuando se trata de mostrar la podredumbre oculta detrás de la frase “te quiero tanto que no puedo vivir sin vos”, Barker da en el clavo. Y lo hace con una imagen que persiste: Nikki sonriendo en la oscuridad, los dientes manchados de sangre, más cerca de Bear que nunca. Eso no es amor. Es un secuestro. Y la película lo sabe.