Con Spoilers

‘La Grazia’: el presidente de concreto armado que aprendió a bailar sobre su propia tumba

ignac.arriagada 20 May, 2026 4 MIN DE LECTURA

ALERTA DE SPOILERS: Esto es para los que ya vieron La Grazia. Si no lo hiciste, andá a verla y después volvé. Acá vamos a hablar del final, de los silencios de Servillo y de por qué este es el mejor Sorrentino en años.

Hay una escena en La Grazia que podría resumir toda la película. Mariano De Santis (Toni Servillo, monumental), presidente de Italia, está en el balcón del Palacio del Quirinale. Es de noche. Él, que es un hombre de “concreto armado”, de rectitud impenetrable, de decisiones pausadas y de silencios que pesan más que discursos, se saca los auriculares. ¿Qué escuchaba? Rap italiano. Gangsta rap. El presidente más formal del mundo occidental tarareando rimas callejeras mientras fuma un cigarrillo a escondidas de su hija nutricionista. Ese pequeño gesto es la Grieta. Por ahí se cuela toda la humanidad de un hombre que pasó décadas construyendo una coraza.

Porque La Grazia no es la película que esperábamos de Sorrentino después del desborde ornamental de Parthenope. Es Sorrentino en modo cámara lenta. Sin fuegos artificiales. Sin la saturación barroca de La gran belleza. Acá el exceso está en los silencios, en los planos que se alargan, en las miradas de Servillo que dicen todo sin mover un músculo. Y funciona. Vaya que funciona.

La trama es aparentemente sencilla: Mariano llega al final de su mandato. Debe decidir sobre una ley de eutanasia y dos indultos (una mujer que mató a su marido abusador; un hombre que estranguló a su esposa con demencia). Pero el verdadero motor de la película es otro: Mariano está convencido de que su esposa Aurora, muerta hace ocho años, lo engañó. Y sospecha que el amante fue Ugo (Massimo Venturiello), su amigo de la juventud, hoy ministro de Justicia. La única que sabe la verdad es Coco Valori (Milvia Marigliano), una crítica de arte mordaz que se niega a revelar el secreto. “¿Para qué querés saber?”, le dice. “¿Cambia algo? ¿Aurora te va a querer más o menos?”

Y ahí está el núcleo duro de la película: el dolor de no saber. Mariano es un hombre de hechos, de leyes, de pruebas. Presidió la república con la frialdad de un juez. Pero la única verdad que le importa —si la mujer que amó fue feliz con otro— le es inaccesible. Esa impotencia lo corroe más que cualquier crisis política. El final lo confirma: Coco muere sin confesar. Mariano nunca sabrá. Y sin embargo, en la última secuencia, asiste a una función de danza contemporánea y, cuando todos aplauden de pie, él se queda sentado. Luego, apenas una sonrisa. No es resignación. Es aceptación. La gracia del título: entender que la vida no es un juicio.

Los momentos de lucidez surrealista que tanto nos gustan de Sorrentino aparecen dosificados pero certeros. La recepción al presidente de Portugal bajo una tormenta, con la alfombra roja volándose y el invitado mojándose mientras Mariano lo mira impasible desde la puerta. El banquete de los Alpini, donde el presidente estalla en una canción popular con los veteranos de guerra. Esa llamada telefónica a Coco donde ella, desde su lecho de muerte, todavía le escupe un “no te lo voy a decir, hinchapelotas”. Y sobre todo, esa imagen final: Mariano bailando solo, mal, en su oficina vacía, con el rap a todo volumen. Por un momento, el concreto armado se hace carne.

¿Qué nos deja La Grazia? La certeza de que Sorrentino sigue siendo uno de los grandes retratistas del poder vacío. Pero también la idea de que la verdadera política, la que duele, no pasa por los decretos sino por los afectos no resueltos. Mariano De Santis no es un héroe. Es un hombre que gobernó un país sin saber gobernar su propia memoria. Y quizá por eso, al final, la gracia es eso: aprender a convivir con lo que no podemos cambiar. Y bailar, aunque nadie mire.