Send Help: el jefe idiota y la superviviente total que Raimi convierte en pesadilla gore
Sam Raimi vuelve al terreno que mejor conoce: el gore con mala leche y una sonrisa sádica. Su primera película original desde Arrástrame al infierno (2009) es un manual de instrucciones para no llevarse bien con tu jefe. La premisa es una comedia de situación de las de “qué mal me cae mi superior”: Bradley (Dylan O’Brien) es el típico hijo de papá que ningunea a Linda Liddle (Rachel McAdams), una oficinista gris con pinta de no matar una mosca. Pero cuando su avión se estrella en una isla desierta y solo sobreviven ellos dos, el cuento se invierte. Porque Linda, la que es una máquina de supervivencia. Y no nos referimos a saber encender una fogata.
Raimi construye su película como un ajuste de cuentas en tres actos. Primero, la humillación laboral: Bradley le quita el ascenso, la ningunea y la trata como si fuera una mueble. Luego, la isla: él espera seguir dando órdenes pero ella es la que sabe cazar, pescar y montar un refugio con palos y cuerdas. El tercer acto es donde la cosa se desmadra. Porque cuando Bradley intenta tenderle una trampa (sí, el pringado se cree más listo que ella), Linda responde con una violencia que haría palidecer a Ash Williams. Ya no es supervivencia. Es ajuste de cuentas. Y Raimi se lo pasa en grande filmando vómitos proyectiles, venas que chorrean como mangueras y huesos que crujen con una satisfacción que pocos directores saben lograr. Es la venganza de la oficinista, y es una auténtica maravilla.
Lo más interesante es cómo Raimi juega con el espectador. Durante buena parte del metraje nos pregunta: ¿quién es el monstruo? Porque Bradley, con toda su estupidez, no deja de ser un inútil patético. Y Linda, con toda la razón del mundo, se convierte en algo que da miedo. La película no toma partido de forma maniquea. Pero cuando llega el giro final… ese en el que descubrimos que todo el tiempo hubo un barco a la vista y que ella lo sabía, la cosa cambia por completo. Raimi nos deja con una sonrisa macabra. ¿Fue un accidente? ¿O fue una venganza premeditada desde el primer minuto? El plano final de Linda, con la sangre aún en las manos, mirando el horizonte como si nada hubiera pasado, es la guinda de un pastel que no quiere ser digerido del todo.
McAdams está enorme. Hace el cambio de la oficinista gris a la asesina meticulosa sin mover un solo músculo facial; es cosa de mirada. Y O’Brien borda al idiota que no sabe que está muerto antes de que ella levante el machete. Una maravilla sucia y divertida.