The Bone Temple: el infierno según los infectados (y lo que queda de la humanidad)
La saga 28 Días Después siempre ha tenido una vena ensayística: Boyle y Garland miraban al infectado y veían nuestra propia ferocidad. The Bone Temple cambia el enfoque. De repente, los infectados no son lo peor. Lo peor son los humanos. La cinta de Nia DaCosta (directora de Candyman) se sitúa inmediatamente después de los eventos de 28 Years Later, y en lugar de expandir el mapa, lo clausura en un infierno circular: el culto satánico de Sir Lord Jimmy Crystal (un Jack O’Connell entregado a la parodia más perturbadora), que adora a “Old Nick” y usa una piscina infantil abandonada como coliseo para peleas a muerte.
El arranque es brutal: Spike (Alfie Williams) ha sido capturado por el culto. Para ser aceptado, debe matar a otro Jimmy (todos los secuaces se llaman Jimmy y llevan pelucas rubias de pésimo gusto). Spike lo hace, pero la victoria es una trampa. Se convierte en un asesino. DaCosta filma la degradación con un realismo sucio. No hay héroes. Hay supervivientes que se vuelven monstruos.
El gran acierto es la dicotomía entre Spike y el Dr. Ian Kelson (Ralph Fiennes). Mientras Spike mata por inercia, Kelson vive en un búnker debajo de un memorial de huesos, escuchando Duran Duran y dándole sedantes al infectado Apex (Chi Lewis-Parry). Ambos han perdido el norte. El primero ha perdido la inocencia; el segundo, la cordura. Lo que DaCosta propone es un juego de espejos: la ciencia no salva más que la religión. Kelson es tan inútil como Jimmy Crystal.
El spoiler gordo es la muerte de Spike. En la tercera hora, cuando parece que va a liberarse, un encuentro con una horda lo deja destrozado. Kelson intenta salvarlo, pero es tarde. El chico muere. La humanidad pierde el poco bien que le quedaba. La película acaba con Kelson caminando solo hacia el desierto, con los infectados aullando a lo lejos y el sonido de los vinilos de los ochenta rompiéndose contra el suelo. Es nihilista, pero es coherente. The Bone Temple fue un fracaso comercial pero un artefacto extrañamente fascinante que merece una revisión.